Cuando Esther Kooiman, nacida en Rotterdam en 1968, tenía quince años, se dio cuenta de que, en su colegio, había tres niñas más que compartían su nombre. A esas edades, las adolescentes se sienten únicas, señaladas por los dioses para cumplir misiones en la sociedad que nadie puede ejecutar, y Esther pensó que había demasiadas “Esther” en su entorno para ser una más. Decidió cambiar su nombre por el de Amy.
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