LA CALLE 42

En los tiempos de la gran depresión, la crisis económica más grave hasta la que padecemos en la actualidad, la Calle 42 de Broadway fue una de las vías míticas del teatro musical norteamericano. Como testimonio de esa época de esplendor, Lloyd Bacon dirigió, en 1932, una película musical que ha quedado en la memoria de todos los aficionados al género como una de las obras cumbre de un cine irrepetible, el genuino musical de Broadway.

35 años más tarde, de aquel hervidero de coristas, compositores y directores teatrales quedaba poco en la calle 42. Más bien nada. Y algunos de los lofts que poblaban la otrora mítica vía neoyorquina se reconvirtieron en improvisados platós de filmación que iban a albergar una nueva revolución. La del emergente porno que llevaría a la legalización del cine para adultos. En los locales de la calle 42 se filmaban, en 8 milímetros, pequeños cortometrajes de poco menos de diez minutos de duración que figuran como antecedente del cine X tal y como lo conocemos actualmente.
En aquellos lofts trabajaba un grupo de pioneros que, sólo unos años más tarde, se erigirían en estrellas del nuevo género. Gente como John Holmes, Darby Lloyd Rains, Andrea True, Marc Stevens, Georgina Spelvin, Jason y Tina Russell, Shaun Costello o Jamie Gillis fueron las caras habituales en los loops rodados con escasez de medios y más voluntad de mostrar lo hasta entonces desconocido que de exhibir cualidades artísticas.
Los loops contaban pequeñas historias, casi anecdóticas, que desembocaban en una escena sexual. No tenían sonido y se proyectaban en las salas especializadas que poblaban los Estados Unidos, los antiguos teatros de burlesque ahora reconvertidos en salas de cine para adultos. La gran mayoría de ellos estaba dirigido por Bob Wolfe, un despreocupado personaje que era capaz de dejar la cámara funcionando mientras se rodaba una escena para atender otras tareas. A Bob Wolfe se le atribuye la autoría de este loop, protagonizado por Jason y Tina Russell, matrimonio en la vida real, que reproduce uno de los lugares comunes del cortometraje pornográfico de la época: la comedia médica. Una mujer llega a la consulta de un doctor con jaqueca y éste la examina con profusión para curarle sus males con una buena sesión de sexo. El loop de los Russell ha quedado como testimonio de un porno primitivo y tosco que, sin embargo, no tiene nada que envidiar a muchas de las producciones actuales.